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Notas

Ozempic: el deseo sin objeto

Hablemos de cuerpos. Mejor, hablemos del consumo de cuerpos flacos en redes sociales.

Fashiontinista Magazine · 3 de agosto de 2026

Empecemos por el principio: hoy en día se encuentra, en un auge rarísimo, una estética que pasa por lo gastronómico y que está atravesando hoy la moda, la cosmética y el lujo con una intensidad que cuesta pensar como una simple tendencia visual.

Nunca vimos tanta comida en las campañas de moda; tantos perfumes que prometen oler a vainilla, pistacho, helado; tantas cremas corporales con nombres de postres; carteras con forma de tomate o cereza; joyería inspirada en frutas; ni cafeterías convertidas en escenarios de lujo. Todo esto responde a varios elementos visibles en la actualidad.

El primero, y quizás el más evidente, es que consumir comida saludable y de calidad es cada vez más difícil para la clase media y directamente inaccesible para buena parte de los sectores populares. Comer bien empieza a convertirse en un símbolo de estatus.

Repitámoslo porque es tan ridículo como preocupante: la comida se convirtió en un símbolo de estatus. Alimentarse con nutrientes dejó de ser una práctica cotidiana para transformarse en un gesto performativo y, cada vez más, en un privilegio.

Bueno, ahora que sé que te indignaste, sigamos.

Hay una ironía con todo esto que me parece importante atender. Mientras más vemos en pantalla publicidades con comida, la gente MENOS COME.

Hace unas semanas vi un video de OnlineMami titulado ¿La comida es el nuevo lujo? Marketing con comida en la era del Ozempic. Su hipótesis me pareció brillante: justo cuando medicamentos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro empiezan a modificar la relación de millones de personas con el hambre, la industria encuentra nuevas formas de vender comida sin necesidad de que sea ingerible. Así, la gastronomía se convierte en estética: en perfume, maquillaje, objeto decorativo, diseño industrial, moda y branding.

Pocos días después, llegué al ensayo The Drug That Made Me Want Less (2026), de Caroline Calloway, publicado en la revista Byline, y terminé completamente anonadada. Es un artículo que habla de su consumo de Ozempic. En medidas iguales es inquietante y sumamente interesante cómo ella habla de la droga. En primer lugar, porque lo hace sin decoro. Cuenta cuánto pesaba, cómo consiguió la receta engañando a un médico, cómo modificó su vida cotidiana. Es una confesión bastante incómoda y por ello, sumamente interesante. En uno de los fragmentos escribe que ama el Ozempic porque “la hace querer menos de todo lo demás que existe en el mundo”. La frase me quedó dando vueltas durante días porque desplaza completamente la conversación. Ya no estamos hablando solamente de un medicamento para bajar de peso, sino de una droga que parece intervenir sobre el deseo mismo.

La investigadora Aradhna Krishna lleva años estudiando cómo las marcas apelan a los sentidos para generar deseo incluso antes de que exista una compra. Hoy, esa lógica parece haberse intensificado. Es casi como si el deseo hubiera migrado de la corporalidad misma al consumo sólo de la imagen.

En relación con esto, pienso en los videos de TikTok tan virales conocidos como mukbang, son videos de formato corto donde una persona come cantidades enormes de comida frente a cámara mientras millones de usuarios lo observan. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pues bien, una chica (que no me acuerdo el nombre, pero me parece importante decir que no es de mi autoría la frase que sigue) describió el mukbang como una “performatividad carnal multisensorial”, en otras palabras, la comida como una transgresión, como algo que se experimenta vicariamente porque no se puede o no se quiere experimentar directamente. Es decir, preferimos ver comer a un otro. Un poco me remite a ese capítulo de Sex and the City (1999) donde Miranda en unas vacaciones sale con un chico que mastica un bife para después escupirlo. No quiere engordar, pero tampoco quiere renunciar al placer de sentir el sabor.

Rosalind Coward lo planteó en los años ochenta en Female Desire (1984) cuando presenta la idea de que la comida en los medios funciona como sustituto del deseo reprimido, especialmente para las mujeres, cuya relación con la alimentación está sistemáticamente regulada por la cultura -y el patriarcado-. Cuatro décadas después, el argumento se amplifica de manera exuberante.

La dieta como elección es siempre un privilegio

Imagen de Story Pin

¿Qué nos deja todo esto? En primer lugar, que más del cuarenta por ciento del consumo de estos medicamentos corresponde a mujeres y que nada de ese consumo es azaroso. Estos fenómenos aparecen en un contexto político y cultural donde resurgen discursos profundamente conservadores sobre el cuerpo, el género y el lugar que las mujeres deben ocupar en el espacio público.

En este contexto de revisitar viejos derechos adquiridos es inquietante pensar en todas estas mujeres que, en definitiva, quieren ocupar cada vez menos espacio. Literalmente.

Un cuerpo que come menos, que pesa menos, que ocupa menos lugar físico en el mundo, es un cuerpo que requiere menos recursos, que molesta menos, que se hace menos presente. ¿Qué estamos premiando entonces? Se vuelve claro, la invisibilidad y la sumisión.

The Drug That Made Me Want Les

En Argentina, esa tensión se vuelve particularmente visible. Un medicamento como el Ozempic, que ANMAT reguló en agosto de 2025 mediante la disposición Nº 5842, tiene un costo mensual que lo hace inaccesible para la mayoría de la población. La delgadez farmacológica es, en este contexto, otro marcador de clase y status.

Pongamoslo así (y con esto cerramos), las clases altas tienen el lujo de la abstinencia voluntaria, mientras que las clases populares tienen la necesidad de la abundancia como señal de prosperidad.

En ese sentido, vemos que el lujo en la actualidad es poder permitirse no tener hambre y desear menos.

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