No te encandiles con las luces de otros barrios
el consumo masivo, la delgadez extrema y lo inalcanzable. Hablemos de la necesidad de una transformación de los mecanismos de distinción.
Fashiontinista Magazine · 7 de agosto de 2026
Un cuerpo que nunca llega a ser suficiente es un cuerpo que sigue comprando.
Hace unos meses dejé de seguir a casi todas las influencers que consumía desde hacía años. No solo por el contenido aspiracional de cuarta que vemos, sino también porque las odio a todas.
Odio la publicidad. Odio que nunca se posicionen sobre absolutamente nada, salvo cuando hacerlo también resulta rentable. Y, por encima de todo y para COLMO, odio sentir que mi tiempo y mi atención están financiando una vida que después me venden como inspiración. Me tienen podrida.
Ya para esta altura del año (y de la vida) sabemos que no se puede hablar de tendencias de moda sin hablar de todas las mierdas que se están metiendo en el cuerpo, (llamémosle como quieran: ozempic, semaglutida) de todo ese ecosistema de fármacos para la diabetes que se convirtieron en la herramienta de adelgazamiento de moda porque el mercado encontró la forma de transformar una enfermedad crónica en una aspiración estética.
Si te interesa leer más sobre este temita, ya lo analicé en mi anterior artículo, que te dejo acá.
Sigamos.
La industria de la moda y la del adelgazamiento que ahora se llama Wellness no son sectores separados. Ya lo sabemos. Muchas crecimos viendo las revistas de principios de los dosmil y los noventa del “Heroin chic”. Pues bien, nosotras, las chicas que nos inyectaron Cris Morena desde siempre, SÍ SABEMOS que el negocio está en que siempre sigas intentando estar más flaca.
Si a eso le sumamos la velocidad con la que todo el tiempo se están cambiando las tendencias, llegamos a un punto clave del diálogo: no hay tiempo ni para estar conforme con tu cuerpo ni para armar una identidad con la ropa que le ponés a tu corporalidad. El resultado es claro y nada inspirador: nadie tiene una identidad ni estilo propio y encima le sumamos que ni siquiera somos dueño de nuestro propio peso.
Mientras tanto, las clases altas hace rato dejaron de jugar ese juego. Elizabeth Currid-Halkett (2017) explica que la nueva élite se distingue justamente por consumir menos cosas visibles y más capital cultural: tiempo libre, educación, experiencias, libros, ropa excelente que dura años y que muchas veces ni siquiera tiene logos. Es hasta irónico: los ejecutivos pagan retiros de desintoxicación digital y el verdadero lujo empieza a ser algo tan simple (y dificil) como poder desconectarse. Nosotros, mientras tanto, seguimos regalando ocho horas por día a algoritmos diseñados para mantenernos consumiendo cosas que ENCIMA duran, como diría mi mamá, lo que un pedo en un canasto.
Las luces de otro barrio son el mismo foquito
Esa promesa de “pertenecer” no es nueva. Baudrillard ya describía en los años setenta cómo el consumo se convirtió en el sistema de signos mediante el cual las personas construyen y comunican su identidad. El problema es que en ese sistema, lo que se compra no es el objeto sino el signo. Y el signo, por definición, solo funciona en relación a otros signos. El resultado es una clase media que sí entra en esa lógica porque el consumo funciona como mecanismo de ascenso simbólico. Una clase media que gasta proporciones enormes de su ingreso en ropa que envejece en semanas y en tendencias que llegan ya masificadas y por lo tanto ya sin el capital simbólico, para ponérnoslas en cuerpos que se castigan para entrar en prendas no durables. O sea, si lo pensamos objetivamente, el ciclo es de lo más perverso. Y nosotras estamos beneficiando compulsivamente a las boludas que nos lo presentan.
Marx decía que la religión era el opio de los pueblos porque calmaba el sufrimiento sin modificar las condiciones materiales que lo producían. Las redes sociales (y las influencers raquíticas) parecen haber heredado esa función en el siglo XXI.
Las chicas lindas que vivimos de pensar en lo estético y en las cosas bellas, tenemos la difícil -y nada glamourosa- tarea de desconfiar del sistema de producción de deseos que nos convierte en consumidoras de nuestra propia insatisfacción.
Sobre todo, y esto es a donde quiero llegar, una invitación a dejar de consumir también como una resistencia al consumo inmediato. Bueno, la idea era entonces esa, que capaz es ese el verdadero lujo accesible: recuperar el criterio suficiente para que NO cualquier pelotuda con un código de descuento decida qué necesitás para sentirte mejor y como dice mi mamá también, mujer muy sabia, para que no te encandiles con las luces de otros barrios.


